El sudor es hilo de plata que se dibuja en mis manos secas,
En mi espalda las tuyas se apoyan y se anclan a mi piel como ganchos de carne,
Mientras mis manos en la oscuridad hacen la magia de conocer lo que enfrentan,
En calientes rincones me esperan los abrazos jugosos y desesperados.
Cuando se rompe la distancia de mi cadera y la tuya,
Me dispongo en artes religiosas de esmero devoto,
Al encuentro de cuerpo de laguna,
Donde me sumerjo en pantanos de miel y algas,
Cuando tus caderas y tu mismo sexo,
Son un caldo de aguas y junquillos de seda,
Dictado su movimiento por una tormenta de cabellos y gemidos,
Obligando a cobijarme al amparo de tus pechos que amenazan con desprenderse,
Por el descomunal movimiento que precede al caos,
Caos, que a su vez precede al tiempo de la extenuación.
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